ELIANA PERINAT - TO BE OR NOT TO BE

26.09.2013 - 30.10.2013

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Nuevo HorarioM-V 11:30-14:30 | 17:00-20:00, S 11:30-14:30, L Previa cita.

To be or not to be

47 especies de plantas y animales se extinguen cada día. Una de cada ocho aves está en peligro de extinción. Vivimos un ritmo de desaparición mil veces superior al que ha existido sobre el planeta en los últimos millones de años. 

Los parques temáticos nos invaden y sustituyendo la realidad por sucedáneos.

En la actualidad viven más tigres en zoos que en libertad.

En su ensayo Why look at animals?, John Berger describe el papel fundamental que han desempeñado los animales en la formación de nuestra cultura, simbólica, espiritual, lingüística y conceptualmente. Considera que han sido un componente esencial en nuestra historia evolutiva y como consecuencia de ello, sólo cuando los reconocemos a la vez iguales y diferentes a nosotros, empezamos a percibir nuestra humanidad más profundamente.

La civilización continua atacando pueblos indígenas, lo que supone un ataque a nuestra cultura ancestral, íntima y sabiamente conectada a la naturaleza, un conocimiento también en extinción.

Desde la tradición del paisaje y el retrato, To be or not to be es una reflexión pictórica sobre la pérdida de habitats naturales y sus habitantes. Un homenaje poético que alude a un reencantamiento del mundo y a una reverencia por la vida. Una consideración para la biocracia.

Eliana Perinat, 2013.

 

Out of joint. 

[Una mínima meditación en torno a la “urgencia” estética de Eliana Perinat].

                                     Fernando Castro Flórez

             El tono shakesperiano impone algo más que una retórica del canon, en esa poderosa capacidad para revisar los mitos (los relatos colectivos que cobran actualidad como pedagogía coreográfica “lo que fue, lo que es, lo que será”, por recuperar el aliento de las musas) sigue afectándonos especialmente porque estamos en un “tiempo desquiciado”. The time is out of joint, no tenemos otra cosa que “contra-tiempos” y un inmenso desgaste que ni siquiera nos permite agruparnos en torno a la bandera o telón negro de Malevich sino que nos mantiene indignados entre la realidad desahuciada y el control biopolítico en un descarado “estado de excepción”. El arte, con su paradójico “poder” (atenazado acaso entre el mercado y la posibilidad remota o cortocircuita de lo propagandístico), se plantea, en estas situaciones críticas (estricta encrucijada en la que lo viejo no ha terminado de desaparecer y lo nuevo apenas se insinúa, campando por sus anchas lo que Gramsci calificó como síntomas mórbidos) una conocida pregunta revolucionaria: “¿Qué hacer?”. No esperamos, ni muchos menos, una respuesta académica, como suele suceder desde el llamado “conceptual institucional”, desde hace décadas instalado en un museografía en la que lo “radical” no es sino la mascarada de la autocomplacencia, ni tampoco una aborregada extensión de la dinámica de las consignas fácilmente digeridas en el tertulianismo demencial. En una época saturada de “estéticas de archivo”, presuntas políticas de la diferencia que no tratan sino de cimentar la inercia de lo siempre igual, neo-darwinismo tecnológico que derrapa en la obscenidad del 24/7 (el trabajo continuo de la “harmonía China” combinado con la obscenidad ingenuista del muro expandido de la vida en directo en facebook), daría la impresión de que la única autopista para el arte sería el bienalismo y el vértigo ferial, esto es, la entrega de la experiencia estética a la pulsión del zapping. Ciertamente las formas creativas que aspirar a un tiempo contemplativo, interesadas en una meditación crítica que no eluda tanto la perogrullada cuanto el cripticismo, se tornan intempestiva siendo precisamente ese anacronismo el que acaso las dota de una auténtica contemporaneidad. La pintura, sometida periódicamente al vapuleo critico o al “retorno” arrastrado por diversos tipos de agentes del marketing, no deja de ser un cuerpo extraño, una práctica que precisamente al estar fuera de lugar puede ser algo “necesario”.

Eliana Perinat parte, en sus pinturas, de una situación extrema, de acelerado agotamiento de los recursos que tenemos en nuestro planeta. Eliana Perinat señala cómo casi cincuenta especies de plantas y animales se extinguen cada día, mientras una de cada ocho aves están en peligro de extinción. La deplorable suficiencia (una forma de nombrar la ignorancia o el cinismo) con que la política contemporánea y gran parte de la sociedad da la espalda al desastre ecológico generalizado mientras abraza, aunque sea con desencanto, la cultura del simulacro, revela que las cosas pueden ir siempre a peor. El mundo se ha transformado, en todos los sentidos, en un parque temático (esa combinación de la Disneyficación con la McDonaldización con el acompañamiento “estéticamente correcto” del bricolage de Ikea) y hemos comprendido la archicitada frase de Matrix, la versión contemporánea y embrollada de la caverna platónica: “Welcome to the desert of the real”. Convendría aclarar que no estamos regresando a algo que habríamos perdido, esto es, a una realidad determinada sino empantanándonos en un ámbito de lo Real, valga la terminología lacaniana, traumático. Con especial lucidez Eliana Perinat titula su ciclo pictórico reciente To be or not to be, devolviéndonos a la escena de Hamlet, el príncipe melancólico que habita un país, como el nuestro, en el que “algo huele a podrido”. Tenemos que comprender que no estamos, como tampoco lo estaba el demenciado amante que arrastraba a todos en torno suyo a la muerte por culpa de un mensaje de venganza paterno y, desde el principio, espectral, confrontados con una fórmula que suponga una opción como si se pudiera elegir algo: el drama abismal es que no hay alternativa, sencillamente, no somos nada o, cuando todo lo que era sólido se ha disuelto en el aire, el único paisaje es la tierra baldía. To be or not to be es entendido, por la propia artista, como “una reflexión pictórica sobre la pérdida de habitads naturales y sus habitantes. Un homenaje poético que alude a un reencantamiento del mundo y a una reverencia por la vida”.

            Fue, según cuenta Eliana, la estancia el año pasado en una residencia para artistas en Essaouira el detonante o, mejor, el kairos (momento oportuno, ocasión fugaz al vuelo que nos seduce) para desplegar su proceso imaginario en torno a la extinción de los animales y, sin ningún género de dudas, a nuestro inconsciente suicidio colectivo. Allí, al borde de una inmensa playa desierta, encontró sus materiales, lo que llama “sublime lienzo de arena, agua y viento”, centrándose en la Foca Monge que vive (podemos decir con tristeza “de momento”) en esa zona. Eliana Perinat elude tanto el pintoresquismo cuanto el socorrido tono tardo-romántico, tampoco está dispuesta a ofrecer un nuevo bestiario o un programa articulado de cuestiones conservacionistas. El arte no deja de ser otra cosa que una obsesión que no puede ser formulada de otra cosa, distinto de la articulación discursiva que, en muchos procesos contemporáneos, pretendería que todo estuviera pasado por la criba del un pseudo-sociologismo tremendamente ramplón. Su pintura parte de de la naturaleza y de la presencia del animal en una clave simbólica, en una clave que me hace recordar aquellos versos de las Elegías de Duino en los que los perros nos ven pasar “por un mundo interpretado”. Frente a una biopolítica absolutamente reaccionaria parecería que se puede encontrar un punto de interrogación en esta zoografía. No solamente es el animal, sino nosotros (parafraseo aquí al Derrida de El animal que luego sigo siendo) los que estamos encerrados dentro de la privación, caracterizados por una perturbación, ofuscados y en peligro. Los animales me miran y me conciernen, son espejos para una sociedad que ha llegado a regodearse en aquel “Callejón del Gato” del esperpento.

            “Time is out of joint. Habla teatral de Hamlet –escribe Jacques Derrida en Espectros de Marx- ante el teatro del mundo, de la historia y de la política. La época está fuera de quicio. Todo, empezando por el tiempo, parece desarreglado, injusto o desajustado. El mundo va muy mal, se desgasta a medida que envejece, como dice también el Pintor en la apertura de Timón de Atenas”. Estamos faltos de tiempo y parece como quedara demasiado lejos un pintura negra. Eliana Perinat no se conforma con la nostalgia ni quiere encarnar, aunque fuera preciso, el papel de Casandra. Sabemos que el nihilismo puede ser académicamente administrado para producir un desencanto devastador. Los cuadros de Eliana, en un singular entretejerse de lo abstracto y lo figurativo, están dinamizados por el color, dotados de una energía que me atrevo a calificar de insurgente, ajenos a la desesperanza aunque nos obliguen a pensar el desastre total. Puede que, una vez más, sea oportuno recordar que “donde está el peligro surge lo que salva”. O, por lo menos, que cobrando conciencia de lo que (nos) pasa podemos tratar de evitar lo que se consideraba inevitable. El Estado Mundial Cleptocrático ha aireado, urbi et orbe, su discurso de la “necesidad del sacrifico” y de la “urgencia de los acontecimientos”, en una indecente impostura que no puede ocultar el Estado de Excepción en el que es necesario recortad todo lo público en defensa de los intereses privados. Aquí no hay, en ningún caso, una “mano invisible”, como tampoco nos podemos tranquilizar pensando que la destrucción de los ecosistemas (insisto incluido el nuestro que es estercolar en grado sumo) es un destino frente al que no podemos hacer nada. Afortunadamente las obras de Eliana Perinat no dan respuesta ni son recetas con las que conseguir fármacos que nos saquen de la enfermedad; el arte no es la ilustración de un concepto, ni un placebo para psicóticos que quieren “decorar su vida” dando la espalda a lo inhóspito de un mundo que ha olvidado la canción de la tierra. Las pinturas de Eliana no se agotan en un sentido único, principalmente porque su impulso es poético, el resultado de un esfuerzo por habitar un territorio, el sedimento de unas vivencia en esa playa desierta en la que ya no está aquel monje de Friedrich que encarnaba tanto la inminencia del naufragio cuanto el cuerdo de la heroica navegatio vitae. El animal y la naturaleza (aquello que somos pero que destrozamos como si quisiéramos perder, a la manera vampírica, la sombra y el reflejo) nos comprometen y, frente a este desafío urgente y, con tanta frecuencia, ignorado, unos cuadros rinden testimonio de un compromiso con la esperanza de que todavía estemos a tiempo.

 

To be or not to be

Ser o no ser. Esa es la cuestión. Eliana Perinat bautiza, con gran acierto, su nueva exposición con el título que inmortalizó la obra de Shakespeare. Porque precisamente la cuestión que  subyace cada una de sus obras es la de la vida, como lucha contra la muerte, apenas un frágil reflejo de lo que fue. Así, la presencia incólume de esas miradas, que atisban a través de los lienzos hasta lo más hondo, despierta y lleva a la reflexión. ¿Debería ser la vida un sufrimiento atenuado, un morir mansamente, una indiferencia progresiva a lo que hemos dejado de ser, o un despertar desesperado que se aferra a lo divino?

Porque la pérdida de nuestro reflejo en ese espejo cada día más opaco de la naturaleza, no es sólo una pérdida estética o de inimaginable repercusión científica, ecológica o médica. Es la pérdida más absoluta e irreversible de nuestra identidad. De nuestro pasado, nuestras raíces, nuestro destino y nuestra única esperanza de libertad, inspiración y asombro.

Quizá sea ya demasiado tarde para una humanidad anestesiada, ocupada en sus propios vicios, preocupada por su frívolo sentido del éxito y del poder. Pero siempre queda el resquicio de ver en el otro lo que no nos atrevemos a reconocer en nosotros mismos. Y es por ahí por donde se infiltra el mensaje de esta exposición. La fuerza, belleza y misterio de los animales, casi fantasmagóricos, que habitan “To be or not to be”, despiertan en el alma una nostalgia apesadumbrada. Vemos en ellos esa pureza y perfección encarcelada y sentenciada a muerte. Una última mirada, un último atisbo de lo que fuimos cuando apenas quedan segundos para la muerte.

Y así Eliana nos hace llegar ese grito desesperado que se aferra a lo divino. Porque algunos hemos decidido ser y el que así lo decide no puede permanecer impasible al no ser de la humanidad. 

Odile Rodríguez de la Fuente.